El rey

Me fui para regresar y encontrarme con que el viaje cambio lo que dejé atrás. El cuarto huele diferente, el agua se escurre al revés, la ventana le huye al sol. El eco de mis pasos y el ruido de su partida musicalizan mi coronación.

Afuera, juegan los mismos niños a los mismos juegos, solo que ahora los piratas son buenos y los soldados los malos.  Me asomo por la ventana y ya ninguno de los dos bandos es mi aliado.

Sentado en el sillón, recolectando memorias veo los fantasmas de mis perros correr por el piso, y escucho el recuerdo de mis gritos desesperados.  Sus colitas se siguen moviendo y en la periferia de mi vista la veo pasar a ella.

Poco a poco recorro las paredes de la cripta, oliendo la ausencia de su olor, ese aroma a marea y sal, que llevaba en la cabellera.  Podía jurar que se prende la regadera, que el agua esculpe su figura pero al deslizar la puerta solo resuena el echo de la confirmación.

Prendo un cigarro, me desplomo sobre el sillón, mientras los fantasmas de una vida que se fue, se sientan a conversar y me recuerdan astutamente,  cada rincón en el que grite, cada paso que di en ira, cada palabra que le clavé.

Volteo la mirada, y ella esta sentada.  Vertida sobre su atril, pintando mundos, huyendo al suyo, apenas si me ve.  Me arrastro hacía ella, le beso los pies, le pido perdón y escucho a los niños afuera que juegan a colgar a su capitán.

Es inevitable llorar, es inevitable arrepentirme hasta desgarrarme las vestiduras de la culpa y mostrar el pecho de mi espíritu, derramar sangre cristalina.  Me juzgan las paredes y los vecinos con sus gritos incómodos.

He perdido sin jugar.  Me levanta la sed.  Me sirvo un vaso de agua y veo lo sucio de mi vida.  No me importa, por mi que todo se invada de gusanos y melancolía.  Pienso en acostarme en la cama, sin pensarlo, me dirijo al cuarto.

Acostado, me dan ganas de hacerle el amor al aire, de probar los pechos del deseo, de envolverme con las sábanas y reconstruirla con mis dedos.  Aunque no quiero abrir los ojos,  estos me traicionan, estoy solo en el ataúd.

Me arropo con la soledad, me corono con el vacío, y gobierno sobre las ruinas de una vida que como llegó se esfumó.  Entre los palacios de destierro, los senderos de ilusión, mis súbditos se esconden, dejando negra la habitación.

Afuera, los niños, ya colgaron al capitán.

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