El pueblo

 

El calor comenzaba a sofocarlo.

No le gustaba la idea pero sabía que su mejor opción en ese momento era el aire acondicionado.  Subió las dos ventanas de golpe y giró exasperado la perilla del aire hasta el tope. La música se ahogó debajo del aire frío que empezaba a inundar el coche.  Inmediatamente se sintió mejor pero también de manera inmediata, el olor tan peculiar que su coche aventaba cada vez que encendía el aire, le llenó la cabeza.

¿De verdad fue lo mejor? En el fondo sabía que si.  O eso creía.  Con la cantidad de deudas que tenía y lo poco prometedor que se veía su futuro en La Financiera, haber dicho que si a tan tentadora propuesta era su salvación.  Pero él sabía que no debía.  Un departamento en la colonia Escandón a precio catastral que le estaría costando al mes lo mismo que pagaba de renta y cuatro millones de pesos menos que su precio en el mercado.  Pero no. No estaba bien, era usufructuar de la corrupción del país aunque fueran sólo un par de mentiras. Con la cantidad de impuestos que pagas, se compensa.  Hay peores cosas. No le estás quitando la casa a nadie.  Acuérdate hace una semana como te robaron los policías.  ¿Este país que te ha dado Mau? Estuvo cerca de perderla.  Gabriela se veía exasperada y lo miraba como loca cuando era ella la que clamaba que él estaba loco. Que era la oportunidad de sus vidas.  Que como carajos iban a comprar una propiedad sino era así. Y luego le echó en cara su pasado, su adicción a las compras, su deuda con el banco, su estancamiento económico.  Gaby. El nombre poco a poco se hacía una herida.

Siguió por la carretera manteniendo una velocidad prudente.  Estaría llegando en media hora al pueblo.  De ahí preguntaría por la Asociación de Ganaderos. Directo a lo que vas.  No quería pernoctar en el pueblo. Estaba demasiado ansioso para eso. Prefería manejar un poco más y dormir en su departamento, con las piernas de Gaby entrelazadas con las suyas, reafirmando su lugar a lado de ella.

El coche se tornó helado.  Le bajó al aire frío y le subió a la música.  Sonaba en el coche el disco de Nick Drake, Pink Moon. Repitió la segunda canción, Place to be.  So weak in this need for you.  Quería sentir a Gabriela cerca. Sentía culpa por fallarle de alguna manera al negar la oferta del departamento.  Se acordó como discutieron por horas, como ella le dijo que le faltaba ambición en la vida, y que era una cosa muy diferente no dar mordida a desaprovechar esta oportunidad por un par de mentiras en el papeleo. Se negó. Y luego ella lloró amargamente.  Y él supo que ella se había desilusionado de él.  Se lo trató de explicar de la mejor forma. Yo amo a mi país y es la única forma de que las cosas cambien amor. Empezando por nosotros, haciendo este tipo de sacrificios. Ella le respondió que era un hipócrita porque trabajaba en el gobierno y luego él se quedó callado porque ya no tenía más que decirle.

Mantuvo los ojos sobre el horizonte esperando a que el pueblo en cualquier momento se materializara. El sol seguía incrustado sobre el cielo y ni un jirón de nube se veía. Era un azul hermoso, profundo, que le recordaba cuando de niño buscaba entre las nubes y el azul, al dragón de la película La historia sin fin, Falkor. Le daba paz abstraerse del ambiente en el coche cuando sus papás se la pasaban peleando mientras se trasladaban a algún lugar.  Usa las dos manos para manejar. Si, está bien.  ¿Por qué me casé contigo si no eres nadie? Y luego el silencio de sus papá y su momento de complicidad cuando él buscaba su mirada por el retrovisor y le guiñaba el ojo como si con la mirada le dijera “tu mamá y yo estamos jugando, hijo”

Suspiró.

¿De verdad no puedo comprar ese departamento y ser recto? ¿Aún estaré a tiempo? Movió la cabeza. Era inútil tratar de convencerse. De pronto, apareció el letrero indicando que había llegado. Todavía estaba en las afueras pero inmediatamente ya había cambiado el paisaje. Poco a poco empezaron a aparecer –como si brotaran del suelo– las misceláneas, pollerías, carnicerías y casas descoloridas por el sol.  Se le antojó un cigarro y se acordó que no tenía. Se fijó en la próxima tiendita que se apareciera en su camino y se orilló.

Entró pensando que escaparía del calor un poco pero dentro era lo mismo. La camisa se le adhería al cuerpo como una segunda piel.  Odiaba sudar así. El único ventilador, de un plástico azul barato, estaba del otro lado del mostrador y apuntaba a una señora de unos cincuenta años aproximadamente. Se detuvo un segundo tratando de ajustar mente y cuerpo al bochorno.  Al encontrar la mirada de la señora le sonrió.

–Buenos días.

–Buenos días güero ¿qué le voy a dar?

–¿Tiene Malboro rojos?

–¿Sueltos o cajetilla?

–Cajetilla si es tan amable.

La señora se levantó con esa parsimonia que le parecía tan característica de la gente que vive en provincia y caminó al fondo de la tienda. Regresó con la cajetilla de cigarros en la mano.

–Aquí tiene. Son cuarenta y cinco pesos.

Pagó y le agradeció a la señora.

Salió a la ardentía del día.  El sol lo deslumbraba y le dio coraje acordarse de sus lentes obscuros, olvidados sobre su buró.  Sacó un cigarro y lo prendió.  Inhaló y exhalo el humo en alivio.  Gabriela. Algo lo tenía inquieto. Creo que tiré el último cimiento de nuestra relación. No tiene en que sostenerse más. Y lo sabía, en el fondo sabía que el final era inevitable. Tan inevitable como escapar a este calor infernal. Fumó recargado sobre la puerta de conductor.  Gabriela.  Las nubes ausentes en el cielo parecían haberse escondido en su corazón. Sintió miedo acentuado por la ansiedad y el cigarro el cual fumaba de manera compulsiva.

Tiró la colilla al suelo, la pisó y se subió al coche. Se sintió culpable por contaminar pero se regañó pensando que ya era demasiado bajarse a recogerla. Prendió decidido el automóvil, emprendiendo de nuevo su camino.

Con un poco de prisa, pisó de más el acelerador al tiempo que cogió de el portavasos su celular para revisar un mensaje que le había llegado.

No se necesitó más que un instante de destino.  La niña apareció como si se materializara del aire, espectro blanco de tez morena y lo último que él escuchó fue el rechinido de los frenos y el golpe seco del cuerpo contra el cofre.

Mauricio, atemorizado, preso de la confusión y con un grado de incredulidad hacía lo que  acababa de acontecer, se bajó del coche a confirmar lo que el terror en su corazón confirmaba.

La niña estaba tirada a unos metros del automóvil en una postura antinatural. Con las manos sobre la cabeza, se acercó al cuerpo inerte.  La miró horrorizado y le dieron ganas de vomitar.  Su vestido blanco tenía una pequeña mancha de sangre, las dos piernas estaban torcidas, una tenía la rodilla desecha y burbujeaba sangre. Tenía los dos brazos extendidos, como si fueran alas. Pero lo que más le afectó, fue la expresión en la cara de la víctima.  Tenía los ojos completamente abiertos y una expresión de asombro alrededor de la boca. Era como si la muerte se la llevó tan repentinamente que la sorpresa se fijo en su cara para siempre.  Mauricio se volteó y comenzó a vomitar mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.  Y de pronto, el corazón se le congeló.

Un grito desgarrador llenó el mundo.

–¡Naran! ¡Naran!

La madre de la niña irrumpió en la escena, casi tirándolo en su correr, –quién seguía arqueando sobre un charco de vómito con las piernas dobladas y las manos sobre las mismas– y se tiró de rodillas a lado de su hija. La señora  lloraba y lloraba.  Dejó de vomitar y se acercó a la señora quién ahora sollozaba desconsolada.

Cuando estuvo a unos pasos trató de murmurar algo pero era como si su voz se hubiera muerto junto con la niña.  Extendió la mano para tocar el hombro de la mujer, quien se mecía de adelante hacía atrás, trabada en su lamento cuando esta se dio la vuelta y con los ojos plagados de lágrimas, comenzó a gritarle.

–¡La mató! ¡La mató!

Fue en ese momento cuando se dio cuenta que se aproximaba gente de todas las direcciones.  Ni tiempo tuvo de reaccionar o percatarse de lo que venía. Trató de girar la cabeza cuando sintió el primer golpe sobre la sien que casi lo tumbó.  Recuperó la posé y trato de dialogar.

–¡Por favor, espérense!

Una patada por detrás le dobló las piernas y finalmente un palazo sobre la cabeza lo tiró sobre la tierra.  Aún estaba semiconsciente y sintió como muchas manos lo jaloneaban por todas partes mientras otras tantas lo llenaban de puñetazos y patadas. Distinguió entre los gritos, el nombre de la niña, los llantos de la madre, un grito que decía ¡justicia! y los gruñidos de aquellos que lo estaban tratando de despedazar.  Le rasgaron la ropa y le propinaron tremenda patada sobre las costillas que sintió que sangraba sin herida por donde sangrar.

Era como si el pueblo entero tomara vida. Los edificios parecían rodearlo, como si le hicieran sombra a sus habitantes, poseídos por justicia.

No veía nada, sólo aspiraba polvo y sudor y la cabeza le dolía de los gritos y las piernas le sangraban del arrastre.  Abrió los ojos y vio pasar un ave, que mas que volar parecía flotar contra el cielo azul.  Pero no pudo ver más, alguien le tomó la cara y le reventó los dos ojos a golpes. Ahora, sólo percibía el mundo a través de sonidos y olores. Y luego vino el machetazo sobre el hombre, partiéndole la clavícula y obligándolo a gritar al mismo tiempo que sentía que su propia voz le desgarraba las cuerdas vocales.  La sangre le olía y el dolor era inaguantable. Poco a poco sentía que se iba y no regresaba. Cada vez más y más lejos, allá donde ya nadie lo podía molestar. Gabriela. Pensó en Gabriela y vio su cara desvanecerse mientras sentía que lo levantaban contra un árbol. Gabriela, perdóname.

Después, después vino un olor penetrante que le quemaba la cara, que le cocía las heridas. Gasolina. Otros golpes sobre la cabeza lo terminaron por vencer. Ya prácticamente inconsciente, trató de de decir algo pero entre más esfuerzo hacía más le gritaban que se callara.  Nadie lo dejó hablar. Nadie lo dejo decir lo único que sentía que era importante. Perdón. Perdón. Por favor perdónenme.

Se desmayó.

Le prendieron fuego aún vivo.  Y con esto despertó una vez más por un par de minutos pero para cuando los nervios se le habían derretido, Mauricio ya estaba muerto.  La cara calcinada, la ropa prácticamente achicharrada y pegada a su piel.  De la cara no le quedaban más que pedazos de nariz y un ojo y el labio superior.  Parecía como si los buitres ya hubieran pasado a visitarlo.

El cielo azul seguía inmóvil mientras el mismo pájaro lo atravesaba en silencio. El calor envolvía por completo al cuerpo calcinado y a los justicieros quienes todavía lo contemplaban mientras que algunos terminaban de tomar fotografías y grabar con sus celulares.  Después de un silencio fúnebre alguien mencionó a la niña y la muchedumbre poco a poco se fue dispersando para ir a recoger el cuerpo atropellado.

Ricardo Otero Córdoba.

18 de Diciembre 2014.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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