El día que tembló

Estaba terminando un pendiente del trabajo para poder irme a comprar Monster Hunter 4 Ultimate, un videojuego para mi nueva consola, el New 3DS, en el Gameplanet de la Zona Rosa, cuando salí a comentarle algo a Mayei. Ella estaba limpiando la dermatitis bestial que le dio a nuestro perro Happy y dijo: “está temblando”.

En el temblor pasado fui yo quien la convenció de salir hasta la calle porque para ella, siendo peruana, México no era un país sísmico como lo es el Perú. Después de presenciar aquel temblor del 7 de septiembre Mayei, con miedo en los ojos, se levantó y repitió que estaba temblando.

¡Vámonos!, le dije. Ella agarró a Happy mientras yo abrí la puerta. Cynthia, quien estaba haciendo el aseo, salió antes que nosotros (la verdad es que ni la vi salir). Mayei iba delante de mí, con Happy en los brazos, y se detuvo. ¡Agarra la correa!, me dijo. ¡Déjala!, le contesté dos pasos delante de ella. ¡Agarra la correa por favor! ¡Déjala y vámonos Mayei! Le angustiaba salir a la calle de Tamaulipas en plena Condesa con Happy sin correa porque afuera estaría lleno de perros y él es agresivo con ellos. ¡Vámonos amor!

Estábamos al borde de las escaleras cuando el mundo empezó a acabarse. El edificio comenzó a mecerse y crujir como un péndulo defectuoso o una canoa atracando y se escuchaban vidrios tronar por todas partes y agua brotar de algún lugar mientras bajábamos a toda velocidad, yo delante para abrir la puerta y Mayei con Happy justo detrás. Una niña que nunca había visto nos pasó corriendo y pensé “bien podría ser un fantasma”. Cuando tiembla así todos tienen miedo.

Llegamos a la calle y el olor a gas era una pestilencia en el aire. De un lado venía gente corriendo, diciendo que había fuga en el parque España, que nos fuéramos de ahí. Del otro lado Cynthia lloraba por sus hijos, una llorona inocente, y yo pensé que estaban adentro y ya estaba corriendo de regreso al edificio para sacarlos cuando me gritaron que me regresara, que no estaban ahí. Una señora se apareció a mi lado preguntando por su perrita negra, que si la había visto, que dónde estaría, que si entraba de nuevo al edificio que si podía buscarla y yo quería regresar por ella, pero Mayei, sollozando, me sentenció: “si entras, te olvidas de nosotros”.

La gente comenzó a inundar la calle. Algunos lloraban, otros caminaban sin rumbo con una mirada desorientada, incrédulos, esto no pasa, esto sólo pasa en las películas. Parecíamos hormigas mojadas o quemadas con una lupa. Un vecino que había visto varias veces tomando café en el Monsieur Croque pasó en bicicleta anunciando que se había caído un edificio en la calle Ámsterdam, que ya estaban sacando cuerpos. Siempre pensé que era un mamón pretencioso, no sé si por su novia guapa o su actitud de rebelde sin causa, quizá las dos cosas, pero en ese momento lo que vi fue una persona que estaba recorriendo la condesa en bicicleta informando y viendo cómo ayudar.

Contemplé nuestro edificio. No hicimos caso de la fuga de gas. Sólo podía pensar que todo lo nuestro estaba adentro. Las laptops, mi celular, mis libros, mi 3DS nuevo con los jueguitos de colección. La cama y el refri, la clavinova de Mayei, aquel espacio que tanto nos costó tener para los dos solos cuando por fin dejamos de ser anfitriones en Airbnb y le ganamos la reciente batalla a los ratones. Estaban también las memorias. Cuando nos conocimos, cuando me mudé ahí, y cuando nos dimos cuenta de que queríamos pasar el resto de nuestras vidas juntos. Ahí dentro estaba el pasado, el presente y el futuro y sobre todo estaba nuestro hogar y estábamos nosotros. Pero ahora el edificio parecía una boca directa hacia la muerte, una incógnita que amenazaba con derrumbarse hasta que los expertos dijeran lo contrario.

Amor tengo que regresar por mi celular, por el dinero, por algo de ropa. ¿Te puedes esperar por favor? ¿Y la perrita de la señora? Ya te dije que no quiero que entres. Que me da miedo. Te pido que no entres. Está bien, no voy a entrar.

¿Están bien? ¿Alguien necesita algo? ¡Se cayeron varios edificios! Dios mío, Dios mío, Dios mío… ¿Se puede entrar? ¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo que se cayeron edificios? ¿Dónde? ¿De cuánto fue el temblor? 6.8. No. No puede ser. Es el más fuerte que he sentido en mi vida. ¿Alguien sabe algo? Mayei avísale a tu familia y porfa a la mía, no tengo celular. La gente seguía yendo de un lado a otro. Se veía que no sabían a donde ir. Avanzaban por la pura inercia, por estar en movimiento, como si así la tierra no se pudiera volver a mover, como que así se apaciguara. Si nos movemos, ella no se mueve.

Amor, quiero ir por la perrita. ¡Las réplicas! Pero no va a haber réplicas. ¿Cómo sabes? No Ricardo, ya te lo dije, por favor no. En mi corazón, más que por ser héroe, quería que la señora quitara esa cara de muerte y quería que su perrita estuviera con ella. Eran dos perritas. Nos contó que bajó corriendo con ellas en brazos, pero la negrita dio un salto y se escabulló en alguno de los pisos del edificio.

¡Muévanse! ¡Hay fuga de gas! Muévanse. Nos pedían de nuevo que nos fuéramos hacía el Starbucks, esquina con Montes de Oca. ¿Quiénes? No sé. Sólo sé que finalmente hicimos caso. Caminamos lentamente mientras más gente nos cruzaba en dirección a donde nos pedían que no fuéramos. La verdad es que en ese momento no importaba nada. Haber burlado a la muerte paradójicamente no nos hacía sentir inmortales sino algo afortunados, débiles y absurdos. Se cayeron edificios. Lo que sentimos no fue una exageración del tedio, sino una sacudida de la realidad. La tierra se movió recordándonos lo frágil que es todo y lo fácil que todo se va a la mierda.

Tengo que regresar, pensaba. Tengo que regresar por mi celular y a rescatar mi nuevo 3DS y las laptops y los libros que necesito para la tercera novela y si puedo, sacar también a la perrita. Vimos que Oscar, el esposo de Cynthia, y sus dos hijos ya estaban con ella. Ahora Cynthia lloraba por su mamá. El hijo más chico, Edrick le decía: “No llores mamá” y yo sabía por qué se lo pedía, porque si mamá está llorando, ¿dónde quedo parado yo?
Ya habían pasado unos 20 minutos del sismo. Ya Mayei se veía más tranquila y no se oponía tan vehemente a que regresara al departamento por algo de ropa, el dinero, las computadoras y sí, mi 3DS.

¿Por qué me aferraba tanto a mis treinta y tres años a un aparato de videojuegos cuando tenía que sacar adelante una novela que cada día me pesaba más? Llevábamos más de un mes sin fumar. El departamento nos había traído muchos problemas. Nuestra mudanza a Perú cada vez estaba más cerca y yo había encontrado consuelo en aquellos munditos digitales, donde me resguardaba de todos los diferentes desenlaces que se desdoblaban en mi mente. Rescatándolo estaba rescatándome a mí. Necesitaba más que nunca la paz de aquel refugio.

Voy rápido amor, el edificio ni tiene daños visibles, no hay grietas en las paredes. Pero tú no eres experto. Oscar está entrando, ¿tú crees que siendo papá se arriesgaría? Logré tranquilizarla y accedió a que entrara por lo que me parecía tan necesario en ese momento. Más te vale que no te pongas a buscar a la perrita por el edificio. Hazla corta. Lo prometo.

La señora me vio acercarme a la puerta. Ay hijo, si la ves avísame, por favor. Sí señora, claro, si la veo hasta la traigo conmigo. Pensé en buscarla, pero mi sentido de honor, de mantener mi palabra, se agudizó tanto con la reciente tragedia que ni siquiera me reconocí. El yo de antes del terremoto hubiera pensado que quebrantar mi palabra por salvar a un animalito era más que justificable, pero ver de cerca mi muerte, o la posibilidad de ella minutos atrás, revolucionó todo lo que creía de mí. Respeté mi palabra y sólo me metí a nuestro antiguo departamento.

Entré al edificio. Lo primero que noté fue la tenue obscuridad y el sentimiento de peligro que permeaba en el ambiente. Era como una cripta. Como si toda la vida que albergaba, no solo la de las personas sino de todos los bichos y animalitos que habitaban en las hendiduras, se hubiera esfumado. Nunca olvidaré el peso del aire y la urgencia de salir de ahí recién entrado.

Subí corriendo las escaleras para hacer la primera pequeña mudanza de muchas que siguieron y en cuanto entré escuché el agua caer. Me asomé al patio de los vecinos: se estaba inundando. Se va a inundar nuestro departamento y mis libros se arruinarán para siempre, pensé. Las ventanas estaban abiertas y mientras escribo esto no recuerdo  ni siquiera si contemplé la posibilidad de cerrarlas quizá para para mí en ese momento la inundación era inminente. El patio tenía ya unos 30 centímetros de agua y seguía cayendo.

En nuestra cocina se habían reventado varias copas de vidrio. Fuera de eso, no se veía ningún otro daño. No noté las cuarteaduras dentro de nuestro antiguo clóset ni las del marco sobre la puerta del cuarto hasta que regresamos Mayei y yo varios días después. Agarré las laptops, mi 3DS, celular, jeans, brasiere y tenis para Mayei, que estaba en pijama, y salí corriendo. A cada rato juraba que temblaba de nuevo.

Afuera Mayei estaba cada vez más asustada. Me contó que había pasado una mujer con un bebé en brazos repitiendo con la mirada perdida: “Se me cayó el niño, se me cayó el niño, se me cayó el niño”. Cynthia y su familia estaban al otro lado de la banqueta, en el camellón que divide la Avenida Tamaulipas, contemplando el edificio. Algo no los dejaba moverse, a pesar de que nos avisaron una tercera vez de la fuga de gas. Al final lo entiendo. Todo lo que eran –su hogar incluido– estaba ahí dentro. Pensar en que se pudiera derrumbar sin ellos adentro –y aquí yo comparto por completo el sentimiento– no era pensar “estoy vivo”, sino era pensar “sobreviví sin nada”. Si se cae el edificio, gran parte de lo que soy se cae con él. Y francamente es muy aterrador. Quizá el desapego a todo es la única forma sensata de vivir, aunque implique no comprometerse con nada.

Por esas razones y muchas otras aquel sentimiento de desorientación me parece hasta cierto punto plausible. El haber burlado a la muerte, el haber evitado ser una estadística (eso es lo más terrible de morir en una catástrofe, uno se convierte en una estadística) hace que la vida se sienta una ridiculez, un absurdo, una incoherencia de la existencia. ¿Por qué yo y no ellos? A falta de una respuesta se deambula por la vida y el azar y la suerte se resignifican ante una situación así. Ninguno de los que deambulábamos –parados o en movimiento–  estoy seguro pensamos en que tuvimos suerte.

Ya más tranquilos, frente al Starbucks, con un grupo de oficinistas que ya se había instalado al pie del puesto de flores del camellón, le dije a Mayei que quería ir a ayudar. Ella sabía que era algo que necesitaba hacer. Accedió y me pidió que por favor me reportara cada diez minutos y que le prometiera que no me iba a meter a ningún edificio. Volví a prometerle.

Corrí hacía Nuevo León buscando el edificio que se derrumbó en la calle Ámsterdam. Quería ayudar y también quería verlo con mis propios ojos. No voy a negar el morbo ni  la incredulidad que me azotaba en ese momento pensando el cliché de que era una pesadilla o una situación que no acontece más que en las películas.

Por Nuevo León la gente igual corría y vagaba y, si mal no recuerdo, empezaban a aparecer los primeros cordones amarillos extendidos como telarañas simétricas alrededor de las fachadas de los edificios y calles. Vi a varias personas caminar apresuradas hacia la calle Michoacán, donde está el Superama. Los seguí y doblé con ellos a la izquierda y fue cuando vi, al fondo, entre los árboles, espectadores y brigadistas, el edificio derrumbado. Los ojos se me llenaron de lágrimas. No creía lo que estaba viendo y a la vez era tan real como cualquier otra cosa que yo pudiera contemplar en ese momento. Ya había muchas personas ayudando a sacar escombros, mientras a nuestro alrededor otros gritaban instrucciones y otros más corrían. Me incorporé en la fila que estaba sacando escombros y aventándolos sobre el camellón.

Empecé a recibir los pedazos del edificio y al poco tiempo llegó Álvaro González de Cossio, un amigo de la secundaria y preparatoria. Llevaba la misma desorientación en los ojos. Álvaro es lo que se puede llamar un genio y sus reacciones ante lo cotidiano siempre han sido distintas al promedio, pero me sorprendí mucho al ver en él aquella mirada que todos padecíamos. Ante la tragedia, qué importa si se es brillante o un idiota, todos al final terminamos por padecerla.

De inmediato nos pidieron que apagáramos los celulares porque había una fuga de gas e hicimos caso. Yo estaba pensando que Mayei podía preocuparse si no se comunicaba conmigo y que de los diez minutos que tenía antes de mi primer reporte me quedaban unos siete. Estaba en una encrucijada. Álvaro se puso a recibir cascajos a mi lado y yo no despegaba los ojos de la montaña de escombros, que no bajaba ni un milímetro. Saber que debajo de aquella montaña gris, amorfa y fría había gente sepultada me generaba un sentimiento de impotencia y rabia que paradójicamente funcionaba como gasolina para alimentar el ímpetu que todos compartíamos por sacarlos a como diera forma.

Al poco tiempo me acordé de Mayei, me excusé y me alejé de la zona para marcarle y explicarle la situación. La tranquilicé y le dije que quería seguir ayudando. Me entendió y, aunque yo sabía que ella quería salir de la Condesa en ese momento, aunque yo sabía que tenía miedo de que me pasara algo y que me necesitaba a su lado, también sabía que entendía que estábamos haciendo lo que se tenía que hacer.

Regresé de nuevo a la fila que ya había crecido, pero no duré mucho tiempo ahí. Hoy no recuerdo por qué me puse a deambular por la calle y a preguntar qué se necesitaba. Alguien me dijo que palas, picos lo que sirviera para romper escombros, así que me hice a la tarea de conseguirlas. Aquí fue cuando, en vez de caminar, empecé a correr en pequeños piques sin motivo alguno. Estaba revolucionado, sin tener que estarlo. Encontré varios albañiles y a todos les cuestioné si estaba cerca la obra donde trabajaban y si tenían herramientas. Me respondieron que todo el material ya había sido donado. Entonces seguí dando piques de aquí a allá, preguntando si alguien sabía de una obra cercana a donde ir, pero nadie sabía nada.

Me detuve frente a un edificio del otro lado de la calle, justo cuando llegaba un hombre de unos 35 años en bicicleta. Llevaba puesto todo el atuendo de ciclista, incluyendo su casco. Le pregunté si vivía ahí y si tenía herramientas que pudieran servir para romper escombros. Aquí vivo, déjame ver, me dijo. Cambió unas palabras con el portero de su edificio y me pidió que lo acompañara.

Sé que estaba hablando muy rápido. Le insistí en que se asegurara de que su departamento no tuviera daños, que tuviera cuidado. Me respondió que era arquitecto. Subimos uno o dos pisos y abrió su puerta con una tarjeta, no sé porque no tenía llaves. El departamento era grande y estaba regado de cosas por todas partes: juguetes de niños, utensilios, platos, vasos, cubiertos. No era que estuviera sucio, sino que se veía vivido, aprovechado. Un perrito nos movía la cola, se le veía en paz. Le pregunté si se lo iba a llevar y me dijo que no, que su mujer y su hija estaban en casa de sus papás en el Ajusco, que iba para allá, que luego regresaría por él. Yo sentí mucha pena por el perrito y la suerte que le esperaba.

Mientras buscaba ropa me enseñó un video en Whatsapp de un edificio colapsando en menos de seis segundos. Yo estaba muy nervioso por estar ahí dentro y sobre todo porque rompí mi promesa con Mayei de no meterme a ningún lado. El arquitecto, cuyo nombre no recuerdo, se tomó su tiempo y yo pude revisar rápidamente las paredes. Vi varias grietas que se extendían como raíces entre la unión de la pared y el techo a lo largo del muro principal de su cuarto. Me asusté más y sutilmente sugerí salir ya por aquello de la seguridad. Tenía mucho miedo y conforme pasaba el tiempo, empezaba a apanicarme. Terminó su maleta y fuimos finalmente por las herramientas. Encontró un paquete con una especie de espátula y un martillo de la marca Truper. ¿Servirán? Sí, yo creo que sí. Vámonos.

Bajamos rápido y salimos a la calle, donde cada vez había más gente. Caminamos hacia el edificio derrumbado. Yo tenía la mirada sobre su rostro y pude ver cómo sus ojos se agrandaban y se sorbían todo lo que estaba pasando hasta que aparecieron los escombros al fondo. Su cara se venció y el inevitable llanto apareció. Le puse la mano en el cuello, apreté ligeramente y sólo le dije: “te entiendo”. Ahora que lo recuerdo, parece que todo lo que vivimos hubiera sido un bautizo de humanidad, un bautizo de solidaridad en donde extraños dejan a extraños entrar hasta su cuarto y regalan palas y martillos nuevos porque olvidan el egoísmo y los prejuicios y la desconfianza que nos obliga a vivir pensando en chingarnos al otro antes de que nos chingue.

Nos acercamos a un perímetro recién establecido por policías. El arquitecto entregó el paquete de herramientas, cambiamos un par de palabras y nos separamos sin decir adiós, como lo que éramos: dos completos extraños unidos por una desgracia. Vi a una de mis vecinas, Tamara, junto con sus roomies y también cruzamos palabras. Recuerdo que estábamos hablando cuando de pronto se pidió silencio y alguien nos calló agresivamente.

Aquí fue donde vi por primera vez los puños cerrados. Me quedé helado. El silencio se extendió como una manta tragándose todo sonido y la mudez inundó el mundo. Estaban buscando vida entre los escombros y el polvo. De pronto desapareció el silencio y continuaron con las labores de rescate.

Nos pidieron volver a apagar los celulares y de nuevo me fui para comunicarme con Mayei. Le dije que en 10 minutos estaba con ella. Ya se quería ir. Vámonos con tu mamá, tengo miedo, ya vámonos por favor. Sí amor, ya casi, en 10 estoy ahí. Voy a apagar el celular. La señal era intermitente y débil en muchas partes, errática, como nosotros.

Regresé a ver qué se ofrecía. Alguien por ahí dijo que faltaba agua y pensé inmediatamente en ir al Superama y comprar dos aguas de 20 litros, cargables y fáciles de servir. De nuevo corrí hacía allá y estaba cerrado. En una puerta, que aparentemente daba acceso al almacén, había un aglomerado de personas. Eran varios mexicanos y extranjeros reclamándole a una persona. Me acerqué a escuchar.

¡Agua por favor! ¡Denos todo lo que tengan que nos sirva! ¡Ábranos! Y cubriendo la puerta estaba la encargada de la tienda. Una mujer de unos cuarenta años que se negaba a abrir, argumentando que ya había regalado toda el agua y que la bodega era peligrosa porque se había caído todo y no iba a abrir. La gente exigía, los extranjeros en su grueso y atropellado español exclamaban que no era posible que pasara esto. Sentí coraje contra ellos y empatía por la encargada. Al final, era ella sola contra la multitud y estaba acatando órdenes. Siempre he sentido una debilidad, aunque tengan culpa, por los que se enfrentan al montón. Y más que fueran extranjeros y fariseos, exigiendo con su alta moral lo que para ellos era correcto. Le dije a un par que nos fuéramos, que no iban a abrir la bodega y estábamos perdiendo tiempo y esfuerzo que podíamos invertir en otro lado. La mayoría de la gente se dispersó y yo seguí mi camino sin rumbo. Al borde del Parque México había varios camiones que pertenecían a una filmación. La planta, el móvil, los camerinos estaban vacíos. En una camioneta estaba un hombre  sentado contemplando el horizonte. Le informé de la situación, del edificio derrumbado a la vuelta de la esquina. Se despabiló del trance, salió, cerró la camioneta, me dijo que todos se habían ido y con un sentimiento de urgencia en la voz me dijo que se iba a ayudar.

Lo vi caminar y me acordé de la hora. Prendí mi celular de nuevo, ya habían pasado como 20 minutos. Me traté de comunicar con Mayei.  No podía.

Volví a correr hacia donde la había dejado con Happy, preocupado porque estaba asustada, y cuando finalmente llegué al puesto de flores ella no estaba y las personas que estaban ahora no eran las mismas con las que la había dejado. Les pregunté por ella, nadie la había visto. Me asusté aún más. Más por ella que por mí, porque la conozco y sé que se preocupa, que se aflige fácilmente y que su mente a veces le hace malas jugadas. Saqué nuevamente mi celular y vi que tenía dos llamadas perdidas de ella. Le marqué y otra vez no entraba la llamada. Le escribí por Whatsapp para preguntarle dónde estaba. Por fin me contestó. Me dijo que estaba en el edificio. Pensé en nuestra casa y corrí hacia allá. Afuera del Monsieur Croque pregunté de nuevo por Mayei, no había regresado. Le escribí para preguntarle que cuál edificio y contestó que en el que yo estaba. Corrí de regreso para allá.

Ya en Ámsterdam comencé a buscarla. Nada. Ya estaba acordonada por completo la cuadra donde estaba ubicado el derrumbe. Busqué desesperado y la vi cerca de la entrada al Superama, quieta, con Happy a su lado. Ahora nos recuerdo afortunados, vivos los tres. En algún momento en los días que siguieron la vi estresada por todo el trabajo que había que hacer: la venta de los muebles, la pequeña mudanza a nuestra casa provisional, la otra mudanza a Perú y la desesperación por mudar de alguna forma el sentimiento de hogar que habíamos construido a nuestra casa temporal. Le dije que no se aferrara, que la casa éramos nosotros, que lo demás es y será siempre pura añadidura.

Le grité y volteó a verme y se soltó a llorar. Había en su rostro enojo y alivio al mismo tiempo. Nos abrazamos y me dijo entre lágrimas que tenía miedo, que pensó que me había pasado algo, que estaba gritando mi nombre como loca, que se imaginó lo peor, que alguien escupió sangre y que estaba muy asustada y que nos fuéramos por favor. Me sentí mal y en mi culpa le dije que había entrado a un edificio y me reclamó y terminó diciéndome que si me pasaba algo se moría y yo lo único que quería decirle era que no se iba a morir si me pasaba algo, pero opté por el silencio. Vámonos con mi mamá amor, le dije. Si, por favor, vámonos.

Ahí está el que escupió sangre, hay que ayudarlo. Era un tipo espigado, iba todo de negro y desorientado. Le pregunté si estaba bien. Sí. ¿Qué te pasó? Iba corriendo y me caí, me mordí la lengua. A Mayei le había dicho que algo le había caído en el estómago. Giré para ver como lo ayudaba y reconocí a un señor que hace rato estaba preguntando por médicos y los estaba mandando a la contra esquina de la zona de derrumbe. Lo llamé. ¿Tú tienes médicos? ¿Qué pasó? Y el joven le comenzó a explicar. Mientras nos alejábamos alcancé a escuchar que el señor le decía te ves bien, no traes nada, tranquilo o algo parecido, tratando de minimizar lo que le pasó con el afán de tranquilizarlo, pero sentí que lo invalidaba. No lo culpo. No hay manuales ni libros de ayuda, ni se imparten seminarios que nos preparen para el día que tiembla.

Llegamos al coche. Estaba estacionado en Montes de Oca, al lado del restaurante Carbonvino. Mayei se quería ir con urgencia. Lo primero que hicimos fue meter a Happy al coche y luego debatir si salir o no. Waze marcaba hora y media. Un mesero afuera de una taquería nos dijo que haríamos como tres horas, que la ciudad era un caos. Mayei insistía en irnos y yo debatía en mi cabeza cuál era la decisión más sensata y segura.

Finalmente decidimos irnos a casa de mi madre. Al principio no hubo tráfico, la ciudad estaba despejada. Yo casi no tengo recuerdos de ese trayecto, pero Mayei dice que en algún punto en constituyentes nos encontramos con mucho tráfico y para colmo se nos estaba acabando la gasolina. Después de pasar unos momentos de angustia logramos salir del tráfico y cargar gas. Llegamos, según los recuerdos de Mayei, de noche a casa de mi madre.

Lo demás es confuso. Los días que siguieron fueron una mezcla de muchas cosas. De muchas emociones y de un agotamiento que nunca había conocido. Fuimos extrayendo –nos tomó varios días–de nuestro antiguo departamento los restos de aquella vida y hasta el día de hoy, a un mes del sismo y a siete semanas de mudarnos a Lima, no hemos volteado para atrás.

Como país ya todos conocemos a fondo lo que pasó el día que tembló. Las noticias se llenaron de contradicciones, de mentiras, como si el terremoto también hubiera enterrado la verdad. Por primera vez simpaticé con Televisa y el drama de Frida Sofía. En mi opinión la niña existió, pero no pudieron sacarla viva y el gobierno sabía que la desilusión y el dolor hubieran sido demasiado para los mexicanos. Al final, hasta yo me subí a ese barco de esperanza y esperé ansiosamente ver a Frida Sofía salir victoriosa de los escombros. Su rescate, en el fondo, era el rescate de todos los mexicanos.

Ha pasado un mes y lo más difícil desde entonces ha sido el miedo tan particular que se queda con uno. Si yo no hubiera pasado por lo que pasé y se lo escuchara a alguien más, pensaría que exagera. Ese miedo a morir debajo de los escombros y convertirse en una estadística, en un fantasma de las redes sociales, en un recurso del reality tv donde me cambien el nombre y la edad y termine por desaparecer. Pienso que nunca quiero ser un muerto famoso, ni una coincidencia fatídica, ni el tema de conversación en alguna mesa. No quiero ser nunca el conocido que sí se murió en el temblor, ni quiero ser nunca aquel que perdió a su novia y a su perro o su departamento o los novios que encontraron debajo de los escombros con su perro y que lo perdieron todo. No quiero ser ellos nunca. Nunca. Pero todavía siento que puedo serlo. Todavía me detengo a media conversación y en silencio busco con la mirada una lámpara que no se mueva, una cortina que esté quieta, lo que sea que me asegure que no está temblando.

Recordar el puño cerrado me ayuda, me consuela y me hace sentir que lo que vivimos extrañamente tiene un valor. Porque cerrar el puño es buscar el pulso de la vida, es buscar escuchar, en palabras de W. Faulkner, “la escuchimizada e incansable voz humana” que proviene de los rincones de la supervivencia. Es honrar lo verdaderamente sagrado que es ni más ni menos que la vida. Cerrar el puño es un signo de igualdad donde toda vida se trata de la misma forma y se levantan los escombros sin preguntar quién se encuentra debajo. Cuando vi a los rescatistas cerrar los puños y escuché el silencio gradualmente cubrirlo todo, perdoné a mi país y a los mexicanos y tuve un vistazo del verdadero México que en ese momento no parecía inalcanzable. Ojalá temblara más seguido, llegué a pensar. Y creo que eso es lo que más me duele de todo, que necesitáramos de un temblor para unirnos de tal forma y sacudirnos el egoísmo y el clasismo y la intolerancia y la corrupción que nos tiene tan atados. Pero la realidad es que es muy corta la memoria de los mexicanos. Por eso espero de corazón que nunca más vuelva a temblar, pero que siempre nos acordemos del día que tembló.

Ricardo Otero Córdoba

Imágen: Metro Latam

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