La última cena

ultimacena

Llega puntual a recogerla.

Desde la ventana, mientras termina de arreglarse, lo ve sentado en su coche, el automóvil vibrando casi imperceptible, la noche quieta, el libreto en la cabeza, la decisión de cómo amarlo este día. ¿Amarlo a la Stanislavski? ¿Tomando cosas de un pasado que no le pertenece para crear su papel? ¿Escarbando en el interior de aquellas emociones que existieron en otro contexto, con otro hombre? ¿Sentir como fuego al personaje dentro?

Mientras se arregla, extraña el teatro. Peinarse y pintarse para salir al mundo real le recuerda sin falla a cuando lo hacía para el escenario. ¿Existe realmente una diferencia entre lo que era entonces y lo que es ahora? El cepillo se atasca en un nudo, brinca de dolor, siente los ojos mojarse. Maldice.

Afuera él sigue esperando, y ella siente que lo espera con el sentimiento parecido a cuando se termina de leer un libro y se siente que el tiempo se extiende de manera infinita, y nosotros de alguna manera lo sobrevivimos.

La luna está hoy entera, otras veces ha estado a medias, pálida, incluso alguna vez sumamente luminosa, pero siempre fija sobre un cielo plomizo que advierte un sueño pesado.

Del auto se asoma un brazo que termina en un cigarro y el humo gira y gira y gira. ¿En cuantas entradas distintas  él ha vigilado las andanzas del amor?

Termina de cepillarse el cabello y revisa en el espejo la sonrisa, las pestañas, los labios gruesos y el carmesí radiante, reluciendo a través de la luz de la luna. Podría ser una variación de Grotowski, haciendo un uso mínimo de los accesorios, la ropa sólo ropa, dándole prioridad a la expresión fácil y usando solamente el maquillaje como un medio y no un fin. Liberarse y desprenderse sin importar que se traiga puesto del mundo material. ¿Lo amará así hoy?

Baja lentamente y se detiene ante la puerta. Una sensación de hartazgo se hace presente. Esta obra ya me la sé, piensa. Y ni el método de Stanislavski ni el de Grotowski le llaman la atención y se piensa como una espectadora de su propia vida y la cita, con la canción que le espera y la botella de vino le parecen lo más fastidioso de la vida. Pero es buena plata, piensa. Son las cuentas en la cabeza la que la empujan a abrir la puerta y salir a su encuentro.

Él se baja silenciosamente, toma con delicadeza la manija a pesar de tener manos grandes y torpes y le abre la puerta del asiento del copiloto. Ella se sienta, toma los pliegues de la falda con la mano y se los acomoda debajo de los muslos envueltos en medias de seda.

Mientras él se dirige al asiento del conductor ella aprovecha para hacer un chequeó emocional y decidirse como va a actuar ese día. ¿Le doy sólo los mejores momentos o quiere la verdad del amor?

Se sienta en el coche y la voltea a ver con esos ojos melancólicos.

Hola amor mío.

Hola mi vida.

Todo tan ensayado, que fuera casi imposible no creérsela aunque fuera tantito. Ella desliza su mano para encontrarse con la de él, recorriendo la estructura ósea, haciéndose presente.

El coche arranca adentrándose en la noche perfumada entre el ligero olor a llovizna y el pesado perfume de ella.

Si todo fuera tan fácil como oler y sentir paz inmediata. Lo ve de reojo y eso parece. La serenidad como el estado idílico del hombre. Lo demás es paja. Como en el escenario, de nada sirve nada, si los espectadores se van igual que como llegaron.

¿Qué tal tu semana, amor?

Muy pesada cielo. Mis empleados no hacen más que quejarse y yo no hago más que ignorarlos.

¿Por qué no los escuchas?

Porque entonces tendría que hacerles caso.

Ella parece no entender ni siquiera la respuesta, tan ambigua y tan incierta. Baja el espejo retrovisor para mirarse los labios y el maquillaje mientras al mismo tiempo pasa la yema para corregir imperfecciones inexistentes sintiendo el peso de su edad y lo despiadado del tiempo. ¿Será amor verdadero qué alguien te mire envejecer y aún así quererte a su lado?

Y ¿tú?

            Aquí la obra se repite, es la puesta en escena mensual.

Sola. Odio que estés tan ocupado.

            ¿Será verdad?, debe pensar él, piensa ella.

Heme aquí amor.

Y sus manos se encierran entre si, los dedos se entrelazan, como las raíces que crecen a ciegas.

En un abrir y cerrar de ojos, ya cruzaron la avenida y están bajándose del automóvil entregándolo al valet.

El restaurante italiano se alza sobre ellos; de su interior provienen murmullos y carcajadas. Ella contempla la terraza donde los espera su mesa, cerrando parsimoniosamente las pestañas, como si se bebiera un sueño.

Entran. Ella por delante, el por detrás. Saludan al Capitán, quien efusivo, los recibe con la calidez de un amigo. Sonríe, con una chispa de incredulidad en sus ojos mientras los lleva a su mesa.

Se sientan.

¿Cómo ha estado Don?

¿Por qué no le pregunta a ella? Siempre, sin falla, la ignora, como si no la viera, como si conociera el arreglo entre ellos.

Muy bien Capi, todo muy bien.

Los ojos del Capitán se desvían de manera fugaz a contemplarla. Un desliz, un descuido.

¿Le vamos a  mandar hoy el Marchesi Di Barolo?

¿Quieres vino amor?

Si, si quiero cielo.

Si es tan amable Capi.

Enseguida le comento al mesero.

Desaparece el Capitán y la noche tardía ya se extiende recubriendo las calles en su espesor. Piensa en que adora el horario de verano y recuerda que él mencionó aborrecerlo. Para ella es más fácil la vida si está iluminada el más tiempo posible.

Se miran. Le sonríe y ella pretende sonrojarse. Tan ensayada la reacción. Antes, cada cita era una forma de entrar en personaje y un terreno fértil para improvisar como no es posible en ningún otro ámbito de la vida. Pero hoy, el tedio de una obra que parece no tener ningún tipo de consecuencia se hace presente, haciendo que la vida se sienta grisácea, y se acumule en las esquinas de sus párpados.

Aún así, hace un esfuerzo. Estira el brazo para tomar su mano, áspera y de un ligero tono amarillento que ha ido incrementando de unos meses para acá, esparciéndose también por el resto de su cuerpo. Es un hombre enfermo, piensa. Enfermo de todas partes.

¿Qué piensas?

Su voz la arrastra al momento y un ligero espasmo se le escapa a través de su mano.

¿Qué pasa amor?  Pregunta alarmado, al sentir la contracción.

Ella percibe en su mirada la inevitable sospecha. Siempre ha sido melancólico y paranoico, pero lograba salvarlo de sus males actuando, midiendo la voz, controlando las expresiones, apelando a Stanislavski cuando convenía, a Artaud si era necesario –a pesar de su disgusto, por sus enseñanzas y su “culto al yo”– y  cuando todo fallaba, apelaba a su adorado Grotowski quién comparaba a los actores con santos. Pero ya es tarde, no se puede fingir la vida por tanto tiempo, piensa.

Y se lo imagina perfecto. Él sintiendo en el fondo que algo pasa. Paradójicamente, lo conoce. Son por lo menos diez historias que seguro se inventará tratando de entender porque ella está distinta hoy. Combatirá los pensamientos negativos y hará lo posible por aterrizar su existencia a este instante, a las mesas, y las sillas y la gente y las flamas endebles que brotan de las velas mientras el viento las acaricia al punto de extinguirlas y la noche se desenvuelve inminente. ¿Tan bien lo conoces ya?

Un escalofrío.

¿Tienes frío? Podemos sentarnos adentro.

Ni se te ocurra. Este es nuestro lugar.

Ella le sonríe apretando su mano. ¿Es lástima lo que la lleva a seguir tomándose su papel tan en serio aún cuando ha perdido el interés casi por completo? Puede ser. Está muy amarillo. ¿Se irá a morir? La entristece pensar que su ausencia es algo que ella cree que no le quitará el sueño. Negocios, reina, negocios son negocios. El corazón fuera de los negocios y los negocios fuera del corazón.

La mira, perplejo. Algo en su mirada delata las tormentas que revientan detrás de la misma. Ella se reconforta pensando que él es capaz de creer que no necesariamente tiene que ver con él su cambio de humor, pero le preocupa que lea debajo de la piel y pueda percibir su desencanto tan evidentemente suprimido. Incluso, piensa, puede ser que la enfermedad que advierte su amarillenta piel también le niegue la suspensión voluntaria de su incredulidad. Uno se tiene que esforzar para creer.

Mientras, un mesero que no conocen se acerca a la mesa a tomarles la orden. Se esfuerza por pasar como alguien amable pero se le ve en los ojos que no parece importarles quienes son, si es la primera vez que visitan o son los clientes más fieles del lugar, simplemente quiere terminar su turno. Que triste vivir la vida así, piensa, a la espera de que pase algo que ni siquiera se sabe que es.

¿Qué gusta de tomar la señorita?

Un vaso con agua y muchos hielos.

¿Y el caballero?

¿Qué se toma para la desilusión? Lo que sea que la ahogue hasta el punto de sentir que desaparece, piensa ella, mientras lo observa.

Un Don Julio Reposado por favor.

Enseguida.

Se asienta el silencio, perturbado por una de las tantas canciones italianas que suenan en ese lugar. En algún punto de la noche, sonará la canción que él siempre le canta.

El silencio advierte el fin de algo, porque es distinto a los otros silencios. ¿De qué? De la mascarada, de la obra. No se le ocurre que decirle, que contarle y ella por su lado, aunque lo ve fijamente con una sonrisa tallada en su rostro, los ojos la traicionan y advierten un hastío. El momento se convierte en una calcomanía. ¿Cuántas veces se puede volver a pegar la vida?

Dime algo, te siento muy callada.

Pienso en cuando nos despidamos. Perdóname, soy tonta. Disfrutar el momento me cuesta.

Ella puede sentir el hormigueo dentro de él, junto con la ilusión que debe sentir al momento que el amor se adhiere a todo el cuerpo. Valiente,  inclina la cabeza y busca sus labios, la besa, mientras tímidamente desliza la lengua dentro de su boca, al par que ella la abre más. Pasa la punta de la misma por los dientes y ella piensa en una lagartija moviéndose erráticamente. Se siente terriblemente sola después del beso pero sonríe mostrando todo lo contrario con los dientes.

Sus bebidas.

De tajo el mesero pone cada una sobre la mesa y desaparece. Las mesas adyacentes se encuentran vacías, solamente al fondo, una de ellas está ocupada por una pareja que se difumina entre la luz tenue de las velas y la creciente obscuridad.

¿Cómo combates la soledad? Le pregunta él.

Ella suspira, parpadea violentamente, pasa las yemas de sus dedos sobre el borde del vaso, chasquea los labios, y haciendo un esfuerzo sobre humano entierra el tedio en el fondo de sus párpados. Cuando está así es cuando más lo detesta, cuando más la aburre y cuando actuar se convierte en un tarea monótona ligada a la mera supervivencia.

Hay batallas que dejé de pelear hace mucho tiempo.

Con el esbozo de una sonrisa seguido de un trago de tequila,  brinda por su comentario. De inmediato el piquete del alcohol se hace notorio en su semblante, y poco a poco, como una fumarola se desvanece. Se ve que él se empieza a relajar.

Si la mayoría finge la vida, ¿por qué nosotros no?

Ojalá hoy no me lleve a su casa, piensa. Hoy, no podría. Hoy, siente que le vomitaría la cena sobre el pecho.

Les dejo las cartas. Me comenta el Capitán que toman de costumbre una botella de vino tinto Marchesi Di Barolo Barbaresco. ¿Gustan que se las envíe con las entradas o con el plato fuerte?

Le molesta este intruso que los trata como extraños, como primerizos y que paradójicamente acentúa la monotonía de la obra. Siente, que el personaje se le empieza a ir de las manos y que la calvicie de su acompañante junto con sus arrugas resignadas, su añejo olor corporal, y las manos ásperas con esos toscos dedos, se hacen demasiado notorios en ella sumándole al cansancio y las pocas ganas que tiene de actuar.

Con las entradas por favor.

Él busca su mirada, le sonríe con los ojos y después los dirige a la carta que sostiene entre las manos. Ella, con hambre y hastío, hace lo mismo.

Mientras ojea el menú por costumbre porque se lo sabe de memoria escucha como afuera la calle suda vida. Despega los ojos de la carta y observa coche tras coche llegar para ser recibido por un valet. De un bar sale un joven alto, fuma, se lleva las manos al cabello, se le ve desesperado y enojado también. A los pocos segundos, salen de las puertas del establecimiento sus amigos y amigas. El los voltea a ver, con todo el odio del mundo. Se suben a una camioneta.

Amor, estoy cansada. Y no me siento del todo bien.

¿Quieres que nos vayamos?

No es para tanto.

Mentira, pero ¿qué no es precisamente esto lo que quiere él? ¿Una actuación que contenga todo lo bueno y lo malo que existe entre dos personas que se aman tanto que escogen regresar al mismo lugar una vez al mes donde amaron la vida?

Nunca se había sentido tan fastidiada por las citas con él. Ya había visto esos ojos melancólicos, la torpeza de sus movimientos, ya había aspirado su olor a memorias viejas, ya había notado la piel gruesa y enferma de las manos, ya había olido ese aliento que a veces le da por tener, rayando en lo agrio y lo triste.

¿Cómo está tu madre?

Bien cariño, mi madre está bien.

 De repente las cartas de alimentos pesan como consciencias y sin decir más, ambos las abren de nuevo y buscan minuciosamente que pedir.

Carne, pescado, pasta, pizza, carpaccio bressola, ¿qué pedir? Nada le apetece porque sabe que ningún platillo en esa carta puede cambiar ni tantito la situación. Lo ve de reojo, y pasa por lástima y la desesperación en un segundo, tan rápido, que le parece imposible separar los sentimientos.

Una desesperación comienza a subir por su pierna, como la materialización de una fobia de carácter insecto. Se parece a esa ansiedad que de repente le daba antes de salir al escenario pensando en las miles de miradas que la contemplarían y que estarían pendientes de cada movimiento que hiciera, cada expresión, cada paso, aceptando sus mentiras como verdades si ella hacía las cosas bien.

La ansiedad empezaba cuando sentía que nunca nada de lo que hiciera tendría un verdadero valor para ella ni para el mundo. Y al verlo a él sentado del otro lado de la mesa, con los lentes sobre la punta de la nariz, y las manos entrelazadas, un abuelito casi perfecto, enamorado de la tristeza, y rondando la vida reviviendo memorias, la hacen sentirse vieja e inútil y una hipócrita de la vida.

¿Qué vas a pedir amor?

Linguine di mare ¿tú?

Quiero carne. Y muerde el aire buscando invocar una risa. Ella se ríe, porque tiene que reírse, para eso le paga.

Cae de nuevo el silencio y la música se escurre entre los dos. Es cuestión de tiempo para que empiece la balada que él a declarado les pertenece.

Nota que él busca con los ojos al Capitán probablemente para hacer la seña de que le ponga la canción. Pero sólo se ven los demás meseros como manchas blancas en una noche espesa, moviéndose al fondo del segundo piso, fantasmas atendiendo muertos. Por las bocinas se derrama otra canción en italiano. Aún no es su canción.

Listo, exclama y cierra la carta satisfecha. Por lo menos ya decidió que va a querer.

¿La pasta?

¡Si! ¡Pediré la pasta amore!

Y sonríe coqueta, inclinándose para besarlo, apoyando los senos en el borde de la mesa, empujándolos hacía su mirada. ¿Qué haces tonta? Si lo que quieres es dormirte después de aquí. No soy tan cruel, piensa. Busca sus labios, ignora el aliento seco y agrio. ¿Por qué besarlo si ya no es necesario? Es la pasión por el escenario, la que me jala, la que me llama, siempre estoy bajo el foco y mi vida es para quien la quiera apreciar. Él recibe sus beso escéptico. ¿Estoy dando una mala actuación? Piensa.

¿Gustan ordenar?

Como fantasma, inoportuno y poco creíble, se aparece el mesero, ocultando una vez más su desgane.

Si por favor, dice él.

Pero ¿qué te pasa? Piensa ella.

¿Qué va a ser? Pregunta el mesero.

Para mi el Linguine di Mare por favor.

¿No gusta una entrada?

No, así está bien. Quiero dejar lugar para el postre. Sonríe dirigiéndole la mirada a él quién sonríe de regreso satisfecho. Pero si serás bruta, ¿no que estás harta y te quieres ir a dormir hoy sin sentir su cuerpo acartonado?

¿Segura cielo?

Si, mi vida.

¿Para usted caballero?

El carpaccio de salmón por favor. Quítale la arúgula y de segundo tiempo tráeme los medallones de filete a la pimienta.

¿Aún quieren el vino con las entradas?

El vino. Se les olvidó el vino. Pareciera que su ritual se va borrando poco a poco. Él toma apresurado un sorbo de su tequila, y ella siente el cansancio de una vida nada más de pensar en la botella de vino sobre la mesa vacía.

Se miran. Pareciera como si el olvido de la botella revelara la farsa.

Tráenosla de una vez.

Enseguida caballero.

Ella sabe que empieza a sentirse ansioso, a esperar a que suene la canción que el insiste en cantarle y que ella tanto detesta. Es su melancolía, sus tristeza, hecha música. Le empalaga su dolor y le da lástima como se aferra a él como si fuera un bote salvavidas. Su mirada se torna herida, quizá porque puede leer sus pensamientos o por su eterna incapacidad para estar en el momento y disfrutar de su vida y la compañía que tanto le cuesta.

¿Qué piensas amor?

Entre más te quieres ir más culpable te sientes ¿por eso le hablas cuando el está envuelto en su tristeza?

En ti.

Tonto, si me tienes enfrente.

Es cuando más pienso en ti.

De las bocinas empieza las notas melancólicas de aquella guitarra eléctrica. Sonríe, pues el momento no podía ser más oportuno para él. Entra la voz cantando sin misericordia…

Le case le pietre ed il carbone dipingeva di nero il mondo, Il sole nasceva ma io non lo vedevo mai laggiù era buio, Nessuno parlava solo il rumore di una pala che scava che scava…

Toma su mano, y con los ojos enterrados en los de ella entona:

Las casas de piedra y el carbón pintaban de negro el mundo, el sol nacía, pero, yo no lo veía nunca.

Allá abajo, estaba oscuro

Nadie hablaba, sólo, el ruido de una pala que excava, que excava.

El mesero prudentemente deja silenciosamente los platillos y, ella con mucha hambre, hace un gran esfuerzo por mantener la mirada fija en él, quien sigue cantando, alternando la voz entre un italiano pobre y atropellado con un castellano natural. Con las manos le dice que coma, y con los ojos le implora que escuche.

Las manos, la frente tienen el sudor de quien muere
En los ojos, en el corazón, hay un vacío más grande que el mar

Regresa a la mente el rostro querido de quien espera
Esta noche como tantas, un
regreso.

Toma de su tequila. Ella sonríe, pensándose profundamente enamorada de él y de su tristeza. Es nuestra canción, y yo la amo como le amo a él.

Sigue cantando, sosteniéndola con la mirada mientras le sonríe con los ojos. Ella hace todo por mostrar el agradecimiento que debería. Finge un gozo desbordante, que casi se lo cree sino es porque se sintiera tan harta.

Tu quando tornavo eri felice
Di rivedere le mie mani
Nere di fumo bianche d’amore.

Ella sabe que él anhela ser el trágico minero que sobrevive a las oscuras entrañas de la tierra regresando siempre a donde lo esperan.

Se acaba su tequila, ella prueba su pasta por primera vez. La canción flota entre los dos.

Tú, cuando regresaba estabas feliz
De volver a ver mis manos
Negras de humo blanco de amor.

No se puede fingir la vida. Tarde o temprano alguien se da cuenta. ¡Que diferente es este escenario a todos los demás! Siente ganas de llorar al verlo cantar con los ojos cerrados, las manos juntas sobre el corazón, recubriendo su tristeza.

Yo no regresaba y tú llorabas
Y no podía mi sonrisa
Quitar el llanto de tu bello rostro.

Toma su mano, la impide comer, la ve a los ojos y con dos lágrimas delatadas por el destello acuoso en sus pupilas, entona una vez más, llevando la voz hasta donde nunca se lo había permitido.

Tú, cuando regresaba estabas feliz
De volver a ver mis manos
Negras de humo blanco de amor.

El silencio.

Ella se enoja al sentir su mano presa entre las de él. Su expresión se va tornando en un desquicio prudente. Los codos sobre la mesa. El tenedor con comida colgando de sus dedos. Lo ve fijamente, tratando de desaparecerlo, de penetrar en su ser y entender, porque después de todo este tiempo, cada que se baja del coche se acuerda de llevarse el sobre manila con el dinero adentro.

Pero sabe porque nunca podría enamorarse de él. ¿Quién se quiere enamorar de la tristeza? Retira su mano, baja la mirada y se pone a comer en silencio.

Una improvisación en la obra, algo que nunca antes había pasado, y cuyas consecuencias hoy mismo, la tienen sin cuidado.

Él la mira horrorizado. La obra colapsa bajo su propio peso. Trata de entender porque ella lo ve así, tan descaradamente sin decir nada, sin tratar de ocultar su evidente desprecio. ¿Qué no pago por tu amor?, le dice con la mirada.

Es su obra y pero yo soy quién la interpreta toda y puedo hacer de ella lo que me plazca. Quiere una enamorada ¿cierto? Hasta las mejores enamoradas tienen momentos de debilidad y miedo, y siempre puede corregirlo todo con un dolor de cabeza, una tristeza olvidada –que en su caso sería inventada–, una confesión de ese pánico a perderlo. Al final, más que una actuación es un negocio y mientras siga pagando puede hacer con él lo que quiera. Pero, como siempre, le termina por ganar el lugar de director su propia consciencia.

Se compone, y toma un bocado risueña cubriéndose con la mano la boca, para pasar a elogiarlo.

Qué bonito cantas mi vida.

Algo en su mirada delata que no le cree y el teatro parece incendiarse.

Gracias.

¿Acaso ha suspendido su suspensión de incredulidad?

Clava su mirada lastimada en su platillo.

Ella de nuevo aburrida, sin embargo más preocupada de lo que creía, le pregunta si está bien.

Todo bien amor, contesta a la par que arranca de su plato la mirada para dejarla reposar sobre ella y la mira como quién mira un rostro que no logra ubicar en el tiempo.

De verdad, cantas hermoso cielo.

Si gracias, repite, de manera mecánica. De nuevo se concentra en su plato, la comida sin tocar, dejándola a ella a la deriva, flotando en el mar de la puesta en escena.

Ella, inquieta, lo acompaña comiendo en silencio. Un silencio tan espeso que parece reducir el volumen de la misma vida. La calle abajo se escucha como si estuviera en el fondo de un océano.

¿Qué carajos le pasa?, piensa. El impulso por regresarlo todo a donde estaba.

Pero sabe bien que pasa. Una obra sólo se puede extender hasta cierto punto, lo demás es necedad.

El levanta los ojos y ella se encuentra con su mirada.

Nunca se va a enamorar de mi, parece pensar.

¿Ya se dio cuenta?

¡Que estúpido he sido! Parece gritarse hacía adentro

¿O siempre lo supo?

Ni con todo el dinero del mundo se puede fingir la vida.

Ella bosteza, cubriendo el tedio con la mano, sonriendo con los ojos, pidiendo disculpas con la mirada.

Él sólo la contempla, en silencio, el bullicio se convierte en un parejo ruido que hace que todo se sienta igual.

Yo sé que no me amas más.

Rompe el silencio.

Ella, parpadea incrédula, sorprendida de la improvisación, emocionada por las posibilidades que se abren con este cambio en el libreto.

¿Cómo?

Puedo ver como ya no estás enamorada de mi.

El enamoramiento dura de seis a treinta meses. Tú y yo llevamos años juntos amor.

No te hagas la tonta. Tú ya no me amas.

Su tono es agresivo, contenido, pero agresivo. Es la primera vez que lo ve así. Con esa mirada desconcertante, ese diminuto fulgor de locura en la mirada.

¿Qué hacer? ¿A qué juega? ¿Qué espera que haga?

Claro que te amo, no digas tonterías. Es el tequila. Es te pasa tonto por tomar tequila.

Si no menciona el dinero, todo sigue siendo parte del juego. Sigue sin suspender su incredulidad.

Gruñe, acorralado. Ella regresa en mutes a su pasta y la resequedad en su boca la hace pensar en el vino, que aún no ha llegado.

¿Por qué me mientes? Te veo ahí sentada, harta, forzando las sonrisas, conteniendo la mirada para que esta no grite ¡sáquenme de aquí!

Levanta la voz y ella siente algo parecido al miedo. ¿Pero que le pasa a este imbécil? ¿Está actuando o esto es en serio? Lo mira. Si antes había un pequeño destello de locura, ahora hay una llamarada en su mirada.

Pero yo te sigo–

No sigas. Te lo advierto.

Si, es miedo lo que siente. ¿Qué le pasa? ¿Qué quiere de mi? Recordando de nuevo al actor santo, y las palabras que leyó de Grotowski “libérate y despréndete del mundo material”, entiende que lo que pide es una liberación. Es hasta aquí donde llega la obra, donde se desprende la calcomanía y queda la silueta de la misma marcada en la vida de ambos.

No tiene caso mentirte. Ya no te amo.

El abre los ojos, incrédulo pero también liberado. Ella, a la expectativa, pensando si va a seguir la obra o se acepta la mentira.

¿Desde cuando?

Si. Lo que este pobre hombre busca es libertad.

Desde que me di cuenta que no comparto tu tristeza.

Él, perplejo, no sabe que decir ni como continuar. ¿Se estará arrepintiendo?

La tristeza es la única forma sensata de enfrentar el mundo. Lo demás es una falacia.

No para mi.

¿Tú que sabes de cómo enfrentar al mundo si vives una mentira?

Ella, herida, se atraganta con el nudo en la garganta. ¿De que habla?

¿De qué hablas?

Bien sabes de que hablo. Vas por la vida pretendiendo ser alguien más, cobras por mentir, y hacer creer a la gente cosas que no son ciertas.

Se ha vuelto loco, está mezclando mi vida con esta mentira.

Esto ya se te salió de las manos es mejor que nos vayamos.

¿Acaso no son eso las actrices? ¿Mentirosas por excelencia que le venden a los niños y adultos las mentiras más amargas de la forma más dulce?

Sigue jugando, sigue en papel. Ve el reloj. Las once. Nunca se les había hecho tan tarde.  El mesero los contempla a lo lejos con la botella de vino en la mano, consciente que algo transcurre en la mesa y que no es su momento de aparecerse.

Mi carrera no tiene nada que ver con nosotros. Es un respiro el cambio de trama, el cambio de escena. Pero ¿por qué el miedo entonces? Decide seguir con el argumento, mientras él está trabado, su compostura idéntica a la de un hombre que se da cuenta que lo han dejado de querer.

Fue lindo mientras duró. Pero si, ya no te quiero.

¿Alguna vez me quisiste? ¿O todo fue un juego?

De nuevo la pregunta parece más del mundo real que el de fantasía. ¿De cual preguntas y a cual quieres que conteste?

Claro que te quise. Te amé, yo diría y mira que esa palabra no la uso tan fácil. Pero simplemente este amor siguió su curso.

Él empuja el plato hacía adelante y busca con los ojos al mesero. Dispara su brazo hacía arriba y atrae con la mano la mirada de este quién prácticamente corre a la mesa.

¿Me podrías cancelar el filete?

Pero, y el vino–

Ya no lo quiero.

El mesero, perplejo, alternando su mirada entre la fría expresión de él y la sorpresa de ella asiente y sale corriendo a acatar las órdenes.

¿De verdad nos vamos? Se le escapa la pregunta, una fisura en la fantasía por donde se escurre la verdad. Él parece no notarlo.

Se ha vuelto loco. Ya no distingue entre la realidad y nuestra fantasía.

Por mi te puedes ir al diablo.

Ella enmudece, sufriendo de la esquizofrenia que brinda el momento.

¿Qué es esto?

Sólo lo hablaron una vez, un contrato hecho de palabras, y desde entonces no se ha dicho más. Él se aparece una vez al mes, ella lo acompaña, él le canta y le hace el amor casi siempre y ella escucha y se deja.

No me tienes porque insultar. Por favor llévame a mi casa.

El se ríe cínicamente y se voltea para contemplar el cielo dándole casi la espalda.

¿Pero que esperaba este idiota? Lo que esperan todos los hombres, que se les quiera por lo que son, ¿acaso no esperas lo mismo? Desde hace mucho no tengo tiempo para el amor.

Si, si te llevo. Esto no tiene porque hacerme dejar de ser un caballero.

De manera torpe, se acomoda de nuevo en la silla, evitando como adolescente su mirada, mirando sus manos amarillas, tratando de mantener una postura que le permita mantener su dignidad.

Y ahí ella se da cuenta y las ganas de llorar son inevitables. Ni ella misma entiende porque comienza a llorar pero se siente como un alivio. Si triste lo odiaba, digno se le derrite el corazón. Mirarlo así, le trae muchos recuerdos bonitos  y el entendimiento que a pesar del arreglo, ese hombre en verdad la ama.

Paga la cuenta, se levantan, y afuera les entregan el coche.

Le recuerda a esos espectadores que dejaban a la par que ella y sus compañeros, pedazos de su ser regados por el teatro. Como si los actores fueran palomas y ellos las alimentaran con el pan de sus corazones. Lo cursi de sus pensamientos la hacen sonreír y las lágrimas caen secas sobre su vestido y el cinturón de seguridad. El ni se inmuta, en su dignidad se hace el sordo y maneja.

Ella llora más. Llora una pérdida que jamás creyó sentir y la regresión a su pasado es tan sobrecogedora que el cuerpo hace frente a base de ligeros temblores. Pero, ¿por qué lloras si ya no tienes que actuar?

En un alto lo busca con la mirada, pero no voltea. Que bien lo convenció de todo, piensa. Llora con el pañuelo entre las manos, y los recuerdos de una vida en el escenario sobre los párpados.

¿Será que llora la muerte de un personaje que en algún punto disfruto inmensurablemente ser?

Recuerda los escenarios y las butacas vacías. Se entregaba como quién lo hace a un sacrificio sin importarle nada. ¿Recuerda por qué lo hacía? No eran las sonrisas, o las caras que reían o lloraban, tampoco los aplausos, ni los niños embarrados de paletas, o a las palomitas regadas como constelaciones a los pies de las butacas. No era nada de eso lo que la mantenía siendo tantas personas para tan poca gente. Era el gozo de emular lo que de otra forma le hubiera sido imposible. ¿Dónde más hubiera podido volar entre las casas de Londres, consolar dragones cobardes y despertar a la vida de un sólo beso?

Si, luego la vida te arrastró a la orilla de la misma, y seguiste actuando, pero ahora poniendo tu cuerpo como escenario. Y después, la misma vida, de manera torcida, te volvió a dar la oportunidad.

No se miente. Al principio, actuar con él era tan divertido, le recordaba tanto a esos teatros y se sentía vivía, incluso y de nuevo, no se miente, había noches que abrías las piernas con gusto.

Llegan a su casa y él, en silencio, se baja a abrirle la puerta. Ni siquiera se fija, si va a tomar el sobre manila con el dinero adentro, escondido debajo del asiento del copiloto.

Si lo deja es decirle… ¿Qué exactamente? Se baja del coche sin tomarlo.

Él se agacha, y lo extrae para entregárselo.

Es tuyo. En eso quedamos.

¿Qué decirle cuando ya nada tiene caso?

Desde su ventana, la misma que tantas veces lo vio llegar, lo mira alejarse hasta que su coche se lo traga la noche.

Pero nunca lo amé, piensa mientras contempla el mundo estrellado por las lágrimas en sus ojos.

No, pero quizá fue tan buena tu actuación que lo convenciste de que si. Y te convenciste a ti también en el proceso.

Ricardo Otero Córdoba

 

 

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